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El colectivo autónomo internacionalista (CAIN)

Compañeros y compañeras, hermanas y hermanos...

Bienvenidos al primer número de lo que pretende ser una herramienta de acción informativa de carácter trimestral. Un espacio de participación donde se expondrán tanto los avances y retrocesos del CAIN como algunas de las tesis sobre Oaxaca que podrán llevarse a más amplia discusión, amén de otros espacios de palabra y voz que con la colaboración de tod@s podamos ir construyendo.

Es este un primer intento de establecer un modelo de comunicación-acción útil entre tod@s aquell@s que de alguna manera han comprendido que los pueblos originarios deben asumir un papel activo y fundamental en el desarrollo de acciones revolucionarias antagónicas a los deseos e intereses del mundo capitalista.

Oaxaca puede ser una representación microscópica de la coyuntura de violencia sistemática que barre con sus aires de Estado la “gran cuestión Latinoamericana”. Una coyuntura histórica donde a los de abajo les resulta prácticamente imposible decir aquello tan trillado de “por lo menos estamos mejor que antes” (con lo cuál no tienen que mentirse al respecto), porque aquí, el ayer y el hoy se dan la mano en la trastienda de la miseria, la desesperanza, el silencio mundial y la gestación de luchas revolucionarias que renacen tras cada estocada del monstruo de las mil definiciones.

Latinoamérica sobrevive y Oaxaca sobrevive; sobreviven, que no es poco, y tratan de construir, o mejor dicho reconstruir, desde una posición activa de resistencia que tal vez consiga florecer en un nuevo proceso revolucionario de escala esperanzador.

No pretendemos con lo anterior adivinar que vayan a hacerlo, ni siquiera nos aventuramos a decir que lo estén haciendo o no. Simplemente queremos compartir el hecho, por demás extendido, de que en Oaxaca, los pueblos originarios se miran cada día en el espejo de su propia desaparición (aunque otros prefieran llamarlo “asimilación”, “conversión” o más criminalmente “evolución”).

El hecho suficiente es que “lo indio” (queremos utilizar aquí la palabra indio como sinónimo de pueblo, como aquello que aún no pertenece del todo al Estado), se dé donde se dé, atenta desde su propia conciencia contra lo establecido y que en Oaxaca “lo indio” se da de forma manifiesta. Es esa conciencia indígena, esa conciencia de pueblo, la que padece bajo los abusos de las estructuras del Estado en forma de muerte, desaparición, mordaza y prisión.

Entretanto se cantan glorias a la democracia, al desarrollo y a la transición política, el pueblo abandona la representatividad e inventa nuevas palabras y otras tantas lenguas. El pueblo dice: -tal vez sea cierto que estamos transitando, pero ya veremos hacia dónde, si hacia sus hechos o hacia nuestros sueños-. Sean las formas de conducirse el Estado frente a la resistencia del pueblo prueba suficiente para tomar conciencia de hasta que punto deben ser alentados estos procesos de resistencia y preparémonos para lo que haya de venir.

Bienvenid@s,
colectivo autónomo internacionalista
CAIN

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Dice Bordieu que comúnmente nos resulta más fácil nombrar a los estados que a los procesos, a las cosas que a las relaciones, y, sin embargo eso es el CAIN, un proceso y un modo de relación. Esa dificultad y la pereza descriptiva han de servirnos de disculpa si después de todo alguien termina no sabiendo qué es el cain.

Sobre el nombre no hay mucho que decir y si dedicamos algún minuto a ello será sin duda un minuto perdido. Vago y suficiente, elegimos un nombre del que inmediatamente eliminamos el carácter constitutivo que encierra la palabra Colectivo y colgamos el letrerito de “en construcción”. Eso sí, que nadie se asuste, que aquí no trabajamos por el Futuro de nadie ni les vamos a pedir que “disculpen las molestias”. Un compañero del gaim que camina estos días por estas sierras nos informa de que hay una publicación antimilitarista en Madrid que lleva el mismo nombre. Podemos cambiar este, no hay problema.

Por lo demás, y entrando ya en materia, después que hace ya más de año y medio que aterrizamos en algún rincón de oaxaca y tras varios ensayos con su correspondiente error, seguimos, tercos y desnudos, escuchando la desesperación cotidiana que enfrentan los de abajo (o en lo que hay debajo de cada uno) que si bien, en todas partes palpita aún, aquí lo hacen con un color en el rostro particular. Es el espectro multicolor de las comunidades Huaves, Mixes, Triquis, Zapotecas, Cuicatecas, Mixtecas, Chinantecas... nuestro muy particular arcoiris.

El objetivo del cain en este marco, es generar un espacio de participación internacional en los procesos de resistencia y lucha organizada (o no tan organizada) que llevan a cabo los pueblos y comunidades originarias de Oaxaca.. Para ello diseñamos un proyecto que camina hacia su cuarta modificación y que ha de culminar en la constitución de un equipo de trabajo multidisciplinar capaz de participar activamente en tareas de investigación, información, intervención e internacionalización.

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Por una redefinición de nuestras acciones

El otro día, en conversación telefónica con un amigo, se me volvió a insinuar con todo descaro que no es momento para cambios radicales, o como se dice, que no hay condiciones para los mismos; lo que no es lo mismo que decir que no están los tiempos como para... Sin embargo, en un derroche de esperanza, se comentaba de pasada al inicio de este boletín que el pueblo (en México y en otras partes del mundo) abandona poco a poco la representatividad política. ¿Qué quiere esto decir?. Quiere decir simplemente que en lo poco que nos resta de intuitivo están las condiciones para desenmascarar a nuestros enemigos. Y quiere decir que compartiremos el destino de los que aún no han sido infectados por el virus de la democracia.

Creemos con toda firmeza que esto que la mayoría define como vida no lo es. Creemos además que la muerte y el sufrimiento que somete a tantos debería de ser suficiente evidencia. Creemos que se necesita un cambio radical y queremos ver cuáles son los principales frenos a este cambio. Decimos que actuamos y luchamos para conseguir un mundo de democracia, y sin embargo somos testigos de cómo el ideal de estado democrático ya está cumplido y tiene al mundo a sus pies. Los mismos que nos impusieron la deshumanización bajo estas condiciones nos invitan desde sus canales de televisión a trabajar juntos para lograr un mundo mejor.

Podemos discutir con los que desde su esencia nos oprimen, asesinan, compran y venden, pero siempre desde un marco democrático, una discusión apegada a eso que llaman el estado derecho, y no nos damos cuenta de cómo están conformadas las partes en discusión. La primera, educada como clase explotadora, con la historia en el bolsillo, sacando todo el jugo a las pasiones humanas y a los avances de la lobotomía social. La segunda, y esto en el caso de los que sólo creen que hay que cambiar el mundo, idiotizada, manca y mutilada, debatiéndose entre la evidencia y la fe y con la esperanza de morir en un intento que nunca habrá sido tal.

Ahí estaban los obreros, los proletarios famosos, al margen de cualquier tipo de beneficio, excluidos miserablemente y con absoluta conciencia de su situación. Y ahí estaba el aviso, el pregón. Que hizo el Estado con ellos; sencillamente los representó. Los empezó a tomar en cuenta hasta regularlos como máquinas de producción y los convirtió en el segundo escalafón más reaccionario de la sociedad después de la gran burguesía que siempre merodea cerca del poder por si se escapa algo.

Esto, claro está, no se ha hecho de modo perfecto, y el obrero reasume temporalmente su papel revolucionario cuando todos los trabajadores de una empresa son enviados de nuevo a la calle, a la ausencia total de participación y de horizonte. Y sin embargo, vemos como el compañero de la fábrica de al lado se queda mirando con sumo desconcierto tendiente al desprecio y esa parte de él no duda en señalarlos y acusarlos de que no producían lo suficiente, lo acordado o lo necesario...

¿para qué? Están convirtiendo a nuestros propios hermanos y hermanas en nuestros principales enemigos, pero ¿cómo se construyen estos hombres y mujeres? ¿a través de que formas de manipulación ideológica? Sólo hay que ver la infinitud de recursos que el Estado destina a ese trabajo de conformar sujetos dóciles pero seguros de sí mismos, sin esperanza ninguna de sublevación, porque para eso, lógicamente, tendrían primero que sublevarse contra ellos mismos,
lo que sin duda requiere de un valor excepcional.

No hay ninguna experiencia revolucionaria en países en los que ya ondea la bandera de la democracia, y no hay ninguna razón de peso para que no las haya si miramos un poco más allá de nuestro muy particular y nada agradable ombligo. Los pueblos se alzan contra una invasión. Los pueblos se enfrentan a un dictador o a un tirano, pero nunca se levantan contra un dictador electo, y si acaso quieren castigarlo, esperan a las próximas elecciones y ponen a otro de igual calaña en su lugar.

Nosotros “castigamos con el voto” (lo entrecomillo en la certeza de que votar se ha convertido, si es que alguna vez fue otra cosa, en la más terrible forma de hipocresía) a quienes nos castigan con mil formas diferentes de tortura, a los que se sientan detrás de la mesa de un despacho a diseñar formas de padecimiento contra nosotros o contra los pocos que tienen el valor de defendernos. Nosotros volvemos la espalda a la verdad porque nos consideramos demasiado importantes, porque nos han fabricado una realidad en la que somos imprescindibles sin que nunca se demuestre que esto es así. Nosotros damos por bueno que cualquiera sea un potencial enemigo porque tenemos miedo de descubrir en el espejo al enemigo real. Nosotros ya no valemos ni el papel en que estamos impresos cuando
la situación es esta y esto tiene que cambiar.

¿Quiénes representan ahora la esperanza revolucionaria? Como siempre, los desechos de la sociedad, lo mas elevado de entre los hombres, los que siempre están ahí y no tienen rostro, el nuevo “lumpen” que precisamente por irreconocible, por ser el desecho de un nuevo producto, no tiene un rol determinado dentro de esta miserable forma de organización entre
los hombres y es por ello inmediatamente olvidado.

Los que no pueden comprar y no pueden vender, los que roban para comer. Los que no tienen a quien avisar cuando dan en la prisión, los invisibles, los que no tienen derechos. Los que optan entre suicidarse o dejar de hacer, de una vez por todas, lo que hasta ahora han estado haciendo, los valientes de corazón. Los desesperados que nunca acaban de desesperarse, los analfabetos ideológicos. Los que aún no han visto la televisión ni leído los diarios de la mañana, los que saben lo que está pasando. Los que tuvieron propiedad sin derecho y ahora son despojados, los iluminados. Los que, por alguna razón, se han mantenido lejos del Centro y de sus museos, los que no emigran en busca de un futuro mejor. Los que sólo corren ante la muerte pero nunca le dan la espalda. Los que conocen las dos caras de la palabra renuncia. Los que se enfrentan a la vida y sólo a la vida cada día, los honrados. Los que nos han enseñado a señalar como peligrosos para el “normal desarrollo de la sociedad”, el blanco de nuestras iras (aunque sea en forma de solidaridad y caridad). Lo que queda de ellos y de otros en cada uno de nosotros.

¿Qué vamos a hacer con tremendo ejército? Quizás retomar lo que otros empezaron y aún no ha acabado. ¿Y qué vamos a hacer entretanto nosotros, los educados, los privilegiados hijos del primer mundo? Por lo pronto es claro que lo que nos toca es dejar de hacer. Dejar de hacer todo aquello que nos prostituye y da vida al sistema, que lo refuerza y lo confirma, aunque para ello sea absolutamente necesario arriesgar lo mismo que arriesgan los demás, todo. De nada sirve que millones de personas salgan a la calle a manifestarse, después de cumplir en el trabajo y estando en casa para la hora de cenar, si lo que se quiere es detener una guerra.

¿Qué hubiera pasado en cambio si la gente abandonara su actividad laboral sin condiciones hasta que el Estado diera marcha atrás? Como con la naturaleza, que cerca del veneno nos provee del antídoto, así también ocurre con el sistema. Cuándo uno sólo era el Estado, bastaba con cortarle la cabeza, y ahora, cuando uno sólo sea el objetivo bastará con hacer lo mismo. Miren lo que estados unidos le hizo a cuba, un bloqueo económico que, de no ser por la participación del bloque comunista, los hubiera estrangulado y que no podemos decir que no lo haya hecho. ¿No podemos hacer lo mismo nosotros?. De barrio en barrio, de comunidad en comunidad, de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, eliminar desde la raíz de nuestros hábitos de consumo de cualquier producto norteamericano. ¡Qué tremendo ejemplo para europa! Porque, ¿quién les va a ayudar?

El gobierno de dinamarca mientras su pueblo se niega a consumir esos productos, el español tal vez. No, porque tienen miedo, porque esta sería una acción ejemplar. Estoy seguro de que en dos semanas empezarían a volar “brokers” desde las ventanas más altas de los rascacielos y de que la velocidad de su caída sería proporcional a la velocidad con que el imperio de todos los imperios se desmoronaría. ¿Y es esto imposible?, ¿no hemos vivido tranquilamente durante años sin saber siquiera de la existencia de productos norteamericanos? Debemos pues reorientar nuestros esfuerzos a un sólo objetivo. Concentrar sobre él toda nuestra energía, imaginación y valor. Sólo así, dejando de ser los esclavos dóciles que traicionan todo lo que sienten estaremos a la altura de aquellos que en las periferias de la miseria se levantan en armas porque ya no aguantan más.

Su voto: Nada

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